Una página de diario manchada escrita con letra cursiva temblorosa
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Sonrió con un encanto natural, con arrugas en el rabillo del ojo que denotaban una vasta experiencia y sabiduría. Traté de encontrar desesperadamente las palabras que hicieran que mi maestro —pues eso era él para mí— me mirara con afecto. Entonces se alejó de mí, y tuve que contenerme para no agarrarlo por los hombros y obligarlo a volverse. Era como si el Sol mismo hubiera apartado su mirada y me hubiera privado de su calor para siempre. Comencé a respirar con dificultad y a entrar en pánico. Había perdido el interés en mí. ¿Qué había hecho mal para que me abandonara?
«Estoy seguro de que tienes muchas preguntas, pero hablaremos luego, en el banquete», dijo. De repente, mi gran pesar se desvaneció. Alabados sean los dioses. ¡Tenía otra oportunidad de complacerlo!
Aun así, cuando salió al pasillo y cerró la puerta tras de sí, sentí una gran soledad. No pensaba en volver a ver a mi hermano ni en lo que le había sucedido al resto de mi tripulación, fueran o no amotinados. Creo que lloré de alivio y alegría por haber encontrado por fin a mi verdadero maestro. Por haber descubierto aquello de lo que tanto se hablaba y que yo solo fingía entender. El amor.
Oí su voz en el pasillo, hablando con una mujer. Entonces ardió en mi interior una envidia tan intensa que temí que derritiera la misma piedra bajo mis pies. Escuché atentamente mientras miraba por una rendija en la puerta, y entonces la vi. Se parecía a mi señor en algunos aspectos, en su altivo porte y su perfección. Pero había algo más también. ¿Un pesar? ¿Por qué estaba agobiando a mi señor con su pesar? La habría atravesado si hubiera tenido un sable en mis manos. Ella lo estaba desafiando. «¿Qué harás con tu nuevo juguete?». ¿Acaso insinuaba que yo no era más que un juguete? Estaba a punto de abalanzarme sobre ellos cuando él habló. «Ha despertado mi interés. Puedes quedarte con el más joven», respondió, y después se marchó. Mientras lo observaba alejarse, cruzó su mirada brevemente con la mía. Ella articuló algo con los labios, palabras que intentaría descifrar repetidamente hasta el momento del horror.
